Tyler Jankowski no es nada. No es nadie. Se mantiene al margen del mundo y reside en los últimos renglones de la vida, donde nadie puede molestarlo. Sólo tiene dieciocho años, sin embargo parece mucho mayor, las penas las lleva colagadas a la espalda, el sufrimiento le pesa en el alma y apenas puede sentir otra cosa que odio en su corazón.
Tenía ganas de volar, pero los miedos lo encadenan al suelo, sus alas yacen cortadas a su lado, de forma irónica, como si se rieran de él. Las volutas de humo de su cigarro se funden con la niebla del frío ambiente de las calles de eterno invierno, sus sueños se escapan por sus labios con cada exhalación.
Se ha quedado sin familia, su cama no pasa de ser el suelo helado o algún banco aislado y su hogar está en todas partes y en ninguno. No lleva más equipaje que un paquete de tabaco en el bolsillo izquierdo y un mechero en el derecho, se siente molesto si los cambia de lugar.
La rabia se desborda por entre sus costillas y ha gritado tanto de dolor que ya ha roto cuatro de las seis cuerdas vocales de la guitarra de su garganta. Y ni siquiera siente su cuerpo como suyo.
Él, que consiguió salir inmune y sin respirar el humo contaminado de cada palabra. Que logró resurgir del cielo líquido tras haber estado apresado entre rejas de alambre. Sólo él sabe qué es el cielo líquido.
Y sólo él conoce el signifaco real de la palabra "luciérnaga".
La última y la primera vez que la escuchó fue a través de la voz de su hermana, un día antes de que la enfermedad se la llevara.
-¿Sabes?- le dijo mientras estaban sentados en el porche- eres como una luciérnaga.
-¿Por qué?- preguntó un Tyler dos años más pequeño.
-Porque guardas en tu interior una luz, tan brillante como el Sol, pero solo dejas que refulja cuando la gente no mira.